Titulo: La
traición huele a sangre.
Disclaimer: Uraboku
no me pertenece, ni sus personajes lo hacen a Odagiri Hotaru, yo hago esto sin
animo de lucro.
Personajes/Parejas:
Intento
de Cadenza/Takashiro (?).
Insinuación de Takashiro/Reiga.
Advertencias: Lenguaje
malsonante. Cadenza violando el espacio personal de Takashiro —lol— Nada +18,
así que no hay que preocuparse (?).
Resumen:
Takashiro Giou creía que después de vivir cerca de mil años sería capaz de
superar algunos de los sucesos de su pasado y, sin embargo, allí se encontraba,
atrapado en una espiral de odio y venganza que sabía que nada bueno traería al
final.
Takashiro Giou creía que después de vivir cerca de mil años
sería capaz de superar algunos de los sucesos de su pasado y, sin embargo, allí
se encontraba, atrapado en una espiral de odio y venganza que sabía que nada
bueno traería al final. Entrelazó los dedos de sus manos y elevó el rostro
hacía el cielo. Generalmente no salía de ni de la casa principal ni de la
mansión Crepúsculo sin escolta pero aquel día se sentía diferente. Sabía que
estaba actuando imprudentemente pero necesitaba despejar todas las inquietudes
que habían decidido azotar sus pensamientos y, sin proponérselo, sus pasos le
llevaron hasta el lugar donde Kuroto y los demás le habían dicho que habían
tenido su primer enfrentamiento, tras encontrar la luz de Dios, al demonio de
clase General, Cadenza.
Miró el templo deshabitado así como los destrozos que aún no
habían arreglado. Destrucción, en eso se había basado toda su vida. Agachó el
rostro y soñó, soñó con la posibilidad de la paz, una paz larga y duradera
donde nadie tuviera que seguir arriesgando su vida, donde no tuviera que
obligar a los guardianes Zweilt a renacer una y otra vez para volver a vivir
una vida de sufrimiento y lucha cuyo único final era la muerte. Fantaseó con la
idea de que Reiga dejará su odio enfermizo hacia los humanos, sin embargo, al
mismo tiempo dudó. Si se diera el caso, ¿sería capaz de confiar en que aquel
hombre no volviera a recaer en su odio? ¿Sería capaz de perdonarle todo el
sufrimiento que le había causado a él y a su clan?
Y al poco, tuvo la certeza de que sí, que a pesar de que con
ello pudiera llevarse el más que entendible odio de aquellos que habían caído
en la batalla, él sería capaz de perdonar a aquel hombre si realmente mostrará
su arrepentimiento y jurará no intentar acabar con toda la vida humana. Aunque
ni siquiera él sería capaz de perdonarle sin una explicación. Pero eso no
pasaría nunca, Reiga no se arrepentiría ni él sabría jamás por qué hizo lo que
hizo. Cerró los ojos con fuerza—. Yomi… —susurró suavemente. El aire se levanto
de golpe, helado y zarandeó su cabello con fuerza, obligándole a cerrar los
ojos a pesar de llevar puestas sus gafas. Se abrazó débilmente cuando un
escalofrío recorrió su cuerpo.
Y entonces lo entendió—. Duras… —murmuró para sí, girando su
cuerpo para toparse con la figura que ya había visto en multitud de ocasiones.
Su cabello y sus ojos carmesí, su expresión burlona. Ante él se alzaba la
imponente figura un clase General; Cadenza. Frunció el ceño, maldiciendo
internamente el no haber cogido su libro, había sido un verdadero necio al
pensar que aquella tregua duraría mucho—. Cadenza —pronunció en voz alta, como
si quisiera confirmar que aquello no era una alucinación, que realmente aquel
hombre había ido nuevamente allí. ¿Quizá en busca de Yuki? No lo sabía pero no
iba a permitir que nadie le pusiera la mano encima a la luz de Dios.
—Takashiro Giou —replicó el Duras y Takashiro no supo
exactamente el que pero el tono de voz con que aquel hombre pronunció su nombre
le hizo estremecerse de arriba abajo—. ¿Cuánto hacía que no nos veíamos? Ya
casi no sales de tu mansión. ¿Tanto miedo tienes?
—No es miedo lo que precisamente me provocáis tú y tus
amigos —replicó rápidamente, sentía la sangre arder dentro de si e,
instintivamente, tensó los puños. No era idiota, sabía que enfrentarse al Duras
en aquel estado era un suicidio pero las palabras se deslizaron fuera de su
boca como si fuera un hechizo. Aquel ser les había causado tantos problemas… y
aún así el muy maldito tenía la desfachatez de hablarle como si fueran
conocidos de toda la vida. La tensión en su cuerpo aumentó cuando la risa
estridente del pelirrojo resonó en el lugar.
—¿Oh? Cuanta valentía para un nigromante que ha cometido la
estupidez de dejarse su libro de hechizos en casita —murmuró, sus palabras
deslizándose como suaves caricias—. Desde que el inútil de Reiga se encerró a
saber donde Elegy y yo hemos tenido vía libre para hacer lo que nos plazca,
¿sabes? Deberías ser más amable para alguien que se ha tirado unas cuantas
semanas esperando el momento oportuno para contactarte —a pesar de que sus
palabras podrían haber sido interpretadas de forma amistosa, algo en el tono de
su voz y su mirada le decía que aquello no era para nada un intento de hacer un
pacto con él.
—¿Para que querías contactarme? —preguntó sin dejar ni un
segundo de analizar la situación, ¿qué probabilidades tenía de sobrevivir
contra aquel hombre? Era cierto que podría recurrir al Duras de su interior
pero… no, recurrir nuevamente a él después de haber pasado tan poco tiempo
desde la última vez no era una opción.
—Verás, tengo una curiosidad demasiado grande por ti. No todos
los días te encuentras con un humano
que ha vivido tanto como tú así que me pregunte; “¿Cuál será su secreto?” y
aquí me tienes —sonrió, mostrando sus colmillos.
—¿Mi secreto? —Takashiro bufó—. Deberías recordar que los
Zweilt renacen una y otra vez, ¿qué me iba a impedir hacerlo a mí también? —retrocedió
un paso al contemplar la figura de Cadenza deslizarse hacía delante.
—Vamos, ¿realmente crees que soy tan idiota, Takashiro? —el
aludido abrió los ojos sorprendidos cuando el demonio de cabellos pelirrojos se
apareció delante de él y le agarró con fuerza del cuello, obligándole a cerrar
uno de sus ojos por el dolor y la sorpresa—. Tú no eres como Reiga o tus
queridos guardianes, no has renacido. ¿Y sabes por qué tengo la certeza de
ello? —peguntó, deslizando el dedo índice de su mano izquierda (pues le
sujetaba con la derecha) por la cicatriz de su rostro—. Porque las cicatrices
del cuerpo no se adhieren al alma.
Takashiro abrió los ojos sorprendido ante aquella
afirmación, la mano que apretaba su cuello había dejado de estrangularle pero
aún así le sostenía con firmeza por encima del suelo. Llevó sus manos hasta el
brazo de Cadenza y trató de soltarse, sin embargo, el otro no disminuyó ni un
poco su agarre, es más, clavó sus uñas levemente en su cuello y el líder del
clan Giou cerró los ojos cuando la sangre caliente empezó a deslizarse,
caliente, por su cuello. Y fue entonces cuando Cadenza pudo observar como la
herida que él le había provocado se cerraba por obra de aquello que Takashiro
tenía en su interior.
—Oh, así que era esta la razón por la cual incluso un humano
puede vivir tanto tiempo —la comisura de sus labios se alzó, dibujando una
sonrisa cruel en sus labios—. Ahora entiendo porque me gusta tanto tu mirada —soltó
de golpe a Takashiro, dejando que este cayera en el suelo como un muñeco al que
el han cortado todas las cuerdas. Se llevó las manos al cuello y respiró
agitado, tratando de aliviar el dolor que sentía en aquella zona—. Sí, la
mirada de alguien que está perdiéndolo continuamente todo. Rompiendo una y otra
vez sus lazos con los demás, negándose a tenerlos incluso.
—Cállate —murmuró Takashiro con la voz ronca, agachando el
rostro ante la verdad que el mayor le echaba en cara. La soledad era algo a lo
que había tenido que acostumbrarse. Una y otra vez, ¿realmente era la misma
persona que había sido hacía mil años? ¿O había sido el paso del tiempo el que
le había convertido en lo que era ahora? ¿Qué era lo que había hecho para que
Reiga actuara así? ¡Maldita sea! ¿¡Qué provocó que Reiga actuara así!? ¿¡Por
qué dejó de confiar en él!? Su expresión se contrajo, como si algo hubiera
apretado con fuerza su pecho, acabó de rodillas y se llevó los brazos al
estomago, doblándose sobre si. Empezó a toser ante la extrañada mirada del
Duras que finalmente pareció comprender el motivo de aquel dolor.
—Te está consumiendo. El precio de tu inmortalidad es dolor,
un intenso dolor, se alimenta de tu oscuridad —nuevamente allí estaba, aquel
tono burlón—. Me pregunto que he dicho para ponerte en ese estado. Mis palabras
han desencadenado un recuerdo doloroso, ¿no es así?
—¡Cállate! —volvió a repetir, exclamando esta vez mientras
un nuevo ataque de tos sacudía su cuerpo. Ajeno al repentino cambio de humor
del pelirrojo, de que la mirada de este se había tornado seria.
—Deja de darme órdenes, humano —Takashiro jadeó cuando la
pierna de Cadenza se estampó contra su estomago y le arrojó contra la puerta
del templo. Un pequeño quejido acompaño al nuevo jadeo de dolor. Dolor, eso fue
lo único que sintió cuando su espalda chocó brutalmente contra aquella enorme
puerta de madera. Ni siquiera tuvo tiempo de recuperar la respiración pues el
demonio pelirrojo ya volvía a alzarse sobre él y está vez, no pudo evitar dar
un pequeño grito de dolor. Cadenza le había agarrado del brazo con una fuerza
inusual y por si eso no fuera poco había decido atravesar la palma de su mano
con su espada, clavándola en la puerta de aquel maldito templo.
Jadeó por el dolor.
—Me preguntó que pasará si dejó la espada ahí. ¿La corroerá
tu Duras interior o tratará de regenerarse sin resultado, provocándote un
intenso dolor en el proceso? —preguntó, Takashiro contempló como el Duras
pelirrojo se relamía los labios y le observaba con una insana curiosidad—. Al
menos tengo el consuelo de que está vez el inútil de Reiga no me fastidiara la
diversión —volvió a reír y el sonido de su voz resonó en los oídos del líder
del clan Giou que no pudo evitar preguntarse si aquel sería su final.
—¿Qué es lo que pretendes? —preguntó, alzando el rostro hacía
él. Si iba a morir no sería con la cabeza gacha.
—¿Qué pretendo? —su risa puso la piel de gallina al castaño—.
Sólo quiero divertirme un poco contigo, Takashiro —susurró—. Reiga cometió la
estupidez de no devolvernos al infierno antes de encerrarse. Así que podemos
hacer lo que nos venga en gana hasta que se de cuenta de que autocompadecerse no
le aportara absolutamente nada —nuevamente rió y lo hizo de tal forma que un
escalofrío sacudió por completo el cuerpo de Takashiro.
—Eres despreciable…
—Es posible —replicó el clase General y se agachó frente a
él, quedando sus rostros extremadamente cerca, demasiado cerca habría dicho el
castaño—. Pero eres tú el que está acorralado por mi así que te recomiendo que
mantengas tu boquita cerrada —susurró y al segundo siguiente Giou sintió como
el pulgar de Cadenza recorría sus labios. Inevitablemente, se tensó—. Sabes, me
estaba preguntando que dirían tus queridos Zweilt si te vieran en este estado o
mejor aún, como reaccionarían si de repente desaparecieras.
—No soy imprescindible —replicó, neutro—. Sólo la luz de
Dios lo es.
Cadenza sabía a sangre, a cigarro y a maldad y lo supo en el
mismo instante en que sus labios fueron poseídos salvajemente por los del
contrario. Takashiro abrió los ojos sorprendido, demasiado. No supo como
reaccionar hasta que sintió los colmillos del pelirrojo clavarse en su labio
inferior y los hilillos de sangre deslizarse por este. Trató de apartarle, de
morderle pero la presión que la boca del clase General ejercía sobre la suya la
mareaba. Al final, le escupió en la cara en un último intento de conservar la
poca dignidad que le quedaba. Lo único que consiguió fue que la estridente risa
de Cadenza resonase en sus oídos como una epifanía que anunciaba su
sufrimiento.
—Tú sangre no sabe mal —nuevamente Cadenza estaba demasiado
cerca, su repugnante aliento chocar contra su oído—. ¿Sabes? No cesó de
preguntarme que pasaría si —deslizó su mano por el bajo vientre del castaño— te
arrancase las entrañas. Dime, Takashiro, ¿se regenerarían? ¿Cuánto dolor
sentirías? Cuéntamelo, Takashiro Giou.
—Si realmente crees que voy a hablar de eso contigo —jadeó,
cerrando los ojos por el dolor que sentía en la palma de su mano— estás más
loco de lo que creía.
—Es cierto, estoy loco, ¿pero quien en este mundo no lo
está? —una nueva risa, está vez algo más suave hizo eco en aquel lugar desierto—.
Creo que ya se lo dije a tus amiguitos, al contrario que otros Duras yo
disfruto con la tortura —Cadenza dejó su dedo pulgar e índice reposar bajo el
mentón del castaño para finalmente alzarlo, como si le exigiera que le mirase—.
Disfruto viendo como la desesperación recorre poco a poco vuestros débiles
cuerpos, como destruyo los frágiles lazos que habéis armado, los lazos que
creéis que son tan fuertes.
—Entonces no estás de suerte conmigo —susurró Takashiro,
neutro e inexpresivo—. No tengo ningún lazo lo suficientemente poderoso como
para que te divierta destruirlo.
—Es posible, alguien que ha vivido tanto como tú seguramente
habrá aprendido hace tiempo que no debe involucrarse demasiado con seres de tan
efímera duración como sois los humanos —explicó—. Así que si no puedo destruir
tus lazos —volvió a acercarse a él, dejando que nuevamente su aliento se
estampase contra los labios de Takashiro— te
destruiré a ti.
Fin.
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