Titulo: Negro como el carbón.
Disclaimer: Sengoku Basara no me pertenece, lo hace a Capcom —ascodecompañiacofcof— yo hago esto sin animo de lucro y esas cosas.
Personajes/Parejas: Ieasyu/Masamune.
Advertencias: Crack. Yaoi. +18. Algo de… ¿lemon o lime? Universo Alterno. Y gñé, no me ha quedado mucho como quería que me quedara.
Resumen: ¿Qué harías si te dieran a elegir una vida repleta de comodidades a cambio de tu libertad? ¿Estarías dispuesto a renunciar a ella?
Música: 「Touyu」 Carnival - (Sub. Español)
Nunca se había parado a pensar mucho en su antigua vida. Siempre se había encontrado demasiado ocupado intentando sobrevivir. El infierno no era un lugar amable ni siquiera con los nacidos allí, ¿por qué habría de haber sido diferente con él? Cerró los ojos y apoyó la cabeza en la fría piedra de la pared. Nunca creyó que volvería. Hubiera preferido morir luchando que estar allí, encerrado, esperando su ejecución pero era inevitable. Al cielo no le gustaban los traidores y si un caído volvía a caer en sus garras se le ejecutaba públicamente para mostrarle al resto de los ángeles el destino que les esperaba a aquellos que cambiaban el cielo por el infierno.
Ángeles. No se arrepentía de haber dejado atrás a esos estirados sin sentimientos. Había tantas similitudes entre ellos y los demonios que había conocido que se acabaría cansando de enumerarlas antes de terminar. La diferencia, sin embargo, no eran tan notorias. Los ángeles vivían bien, los demonios no. Los demonios tenían libertad, los ángeles no. Y a eso se reducía todo. Comodidad implicaba opresión y la libertad implicaba librarse de todas las comodidades. Y él había renunciado a todas esas comodidades por la libertad, había renunciado a sus bonitas alas blancas por unas negras como el carbón.
Lo cual le recordaba a su celda, su mugrosa y vacía celda que le robaba la libertad por la cual había renunciado a toda su vida, se encontraba dentro de un edificio con varios kilómetros de altura. La luz del sol entraba por la pequeña y única ventana que allí había. Podría haber visto el azul del cielo si las cadenas que le ataban hubieran sido lo suficientemente largas. Bostezó, aburrido, llevaba ya una semana allí encerrado. Siete días habían pasado desde su captura y aún no habían llegado a una resolución. Rodó los ojos, imaginándose a los consejeros en una sala blanca, sentados alrededor de una mesa (blanca también, por supuesto) y debatiendo sobre si ahorcarle o fusilarle. Ah, siempre habían sido muy clásicos mientras que los demonios solían buscar crueldad y espectacularidad en sus sentencias a muerte.
Aunque dadas las circunstancias realmente prefería morir al estilo clásico. Solía ser más rápido. Entornó los ojos. Por la posición del sol deducía que pronto le llevarían la comida, sin embargo, al cabo del rato, cuando la puerta se abrió la persona que entró no era quien le había estado llevando la comida durante todo ese tiempo. Una sonrisa llena de resignación adornó sus labios unos segundos para luego ser sustituida por una mueca de claro cinismo.
—Katakura Kojuro, esto si que es una sorpresa —saboreó cada silaba con la malicia de quien ha perdido cualquier rastro de bondad. Aquellos que le hubieran conocido en el pasado quizá se habrían podido percatar de la enorme máscara que ahora cubría el rostro de Ieyasu—. Lamento informarte de que tu visita no me es demasiado grata, ¿he de suponer que por fin se ha decidido que se hará conmigo? —Katakura se quedó callado, incomodándole con su mirada fija. Quizá trataba de encontrar un resquicio, alguna apertura en su cincelada máscara. Lástima por él, había pasado demasiados años construyendo su “yo” infernal como para haber dejado algún resquicio por el que colarse.
Aunque después de tanto tiempo veía probable que la “máscara” ya no fuera eso.
—Déjate de juegos, Ieyasu. He venido a llevarte al lugar donde serás ejecutado —Ieyasu arqueó una ceja ante la seriedad y el ceño fruncido del contrario. Sentenció que Kojuro no había cambiado en absoluto.
—¿Oh? Creía que Mitsunari querría ese honor. Después de todo ha tratado de matarme desde que Hideyoshi sucumbió en el infierno en una de vuestras habituales incursiones para matar a los que no son vuestros perros falderos —soltó mordaz. Había sido un demonio quien había acabado con la vida de Toyotomi, sin embargo, por aquel entonces si había estado acompañando a dicho demonio.
—¿Insinúas que Masamune es un perro faldero? —y allí estaba, la pregunta que había estado esperando, el golpe bajo. Sus ojos adquirieron un tono carmesí que auguraba peligro. Rectificaba, el general Katakura Kojuro sí había cambiado. Podía verlo con claridad, el estúpido plan en el que intentaban hacerle caer.
—Masamune tomó su decisión y yo tomé la mía —replicó con una frialdad que pocos habían tenido el placer de presenciar.
—Y durante todos estos años no ha dejado de culparse por tu estúpida decisión —espetó. Ieyasu sintió como la bilis le subía por la garganta. ¿Quién cojones se creía que era? Nunca había sido una persona particularmente violenta pero si quería jugar sucio… el infierno enseñaba muy bien esa clase de juegos.
—Seguro que eso no te ha impedido follártelo —la bofetada que recibió resonó en toda la celda y posiblemente en el pasillo, sin embargo, a pesar del ardor en su mejilla la fría sonrisa de diablo dibujada en su rostro no menguo—. Te has vuelto muy sentimental, Katakura —susurró, relamiéndose la comisura de los labios, saboreando su propia sangre, salada y amarga.
—¡Cállate! ¡Semejante insinuación es asquerosa! ¡No eres más que un ser contaminado por el mal! —y por fin lo veía, una explosión de sentimientos humanos. ¿Era muy retorcido estar disfrutando de ello cuando sabía que antes de que transcurriera una hora su cadáver estaría siendo expuesto para el disfrute ocular de los estirados del consejo? Kojuro le liberó de casi todas sus cadenas y tiró de las que quedaban para arrastrarle. El silencio reinó durante el trayecto, Ieyasu ni siquiera se quejó por el dolor que le producían sus heridas aún abiertas. Estaba demasiado ocupado pensando, sospechaba que Kojuro había ido para intentar hacer uso de su única debilidad para hacerle vulnerable, para que los ángeles vieran a un muchacho arrepentido que aceptaba su destino y esperaba poder expiar sus pecados con la muerte.
Le asqueaba la idea de que a quien había considerado como a una persona de honor hubiera podido acceder a participar en semejante plan. Porque él no era una muñequita manipulable y aunque su corazón se retorciese de dolor por saber que no volvería a ver a Date nunca más, jamás bailaría al son de la coreografía de nadie.
Ah… pensar en Masamune resultaba doloroso.
Masamune Date. Le había amado, le amaba, su corazón seguía bailando al sol que el dragón tuerto marcaba aunque su mente le gritase lo imbécil que era. Había sido una verdadera agonía cuando aún era un ángel. Resignado a una relación platónica y claramente unilateral que sólo podría satisfacer con su mente. Oh, eso le recordaba otra de las diferencias entre los puros y los contaminados. Unos pecaban con la mente, los otros directamente con el cuerpo. Pero volviendo al tema de la unilateralidad de su relación… bueno… todo se reducía a “Dios no permite el amor entre personas del mismo sexo así que como intentes algo te convertiremos en un caído y luego te daremos caza como a un engendro”
Pero por supuesto, sólo los demonios eran los malvados, los sádicos y los engendros. ¡Ellos eran todo amor y bondad y ama a tu prójimo!
Resopló ante sus propios pensamientos, al fin habían llegado a la plataforma de ejecución. Era redonda y se situaba algo por encima de la pequeña plaza donde se situaban algunos ángeles para presenciar el grotesco espectáculo. Tenía cuatro columnas situadas paralelamente en los laterales y el artefacto que le arrebataría la vida en el centro. Mientras subían las escaleras de la plataforma se recordó así mismo que debía mostrarse altivo, arrogante y seguro de si mismo. Ser un demonio que desafiaba las leyes del cielo incluso en el momento en que éstas pretendían arrebatarle la vida.
—¿Una guillotina? Está claro que en este lugar la originalidad brilla por su ausencia —susurró al estar frente a aquel aparato. Supuso que luego colgarían su cabeza en la pared de algún edificio público para atemorizar a la población. No, colgarle como si fuera un trofeo de caza sería incluso demasiado para ellos, quizá acabaría en un museo o a saber donde. Por otra parte, un nuevo pensamiento sustituyó al anterior mientras le obligaban a arrodillarse y a colocar su cabeza en el lugar correspondiente.
¿Masamune estaría viendo aquello?
Trató de que aquel pensamiento no perturbara su mente y miró con suma indiferencia la pequeña plaza donde ya empezaban a congregarse algunos de aquellos seres alados para completar aquel espectáculo. Entornó los ojos y trató de localizar algún rostro familiar mientras su verdugo iba leyendo la larga lista de los crímenes que había cometido. Al no encontrar su rostro alzó la mirada hacía el cielo. Sus ojos rojizos, que una vez fueron del color del sol, se clavaron como puñales en la pureza del azul. Era una de las pocas cosas a las que se permitía guardarle un poco de respeto en aquel lugar. Respiró hondamente por última vez y se preparó para lo peor.
Y de repente, un gritó, explosiones, más gritos, humo y por último, el salado olor a sangre. Miró a su alrededor confuso, el humo había cubierto por completo la plataforma de ejecución. Trató de levantarse pero antes incluso de que se moviera, notó como alguien tiraba de sus cadenas con una fuerza que casi le hizo perder el equilibrio. Se vio arrastrado de nuevo. No tiene muy claro cuanto tiempo estuvo corriendo mientras tiraban de él, sólo sabía que si dejaba de correr posiblemente caería al suelo y entonces podrían atraparle y tratar de matarle otra vez. Aunque claro, desconocía quien demonios estaba tirando de él y si no le estaban llevando de nuevo a una celda.
—Lo siento pero realmente se me está haciendo complicado llevarte así —Ieyasu abrió los ojos de par en par.
¿Esa voz…?
Y entonces todo se volvió oscuro.
***
Le dolía la cabeza y sentía como alguien zarandeaba su cuerpo de un lado a otro, suponía que estaba tratando de despertarle. Abrió lentamente los ojos, teniendo que cerrarlos al instante por la intensa luz que le recibió. Notaba su cuerpo dolorido y no pudo evitar toser un poco antes de acurrucarse en el suelo. Volvió a abrir los ojos al poco y en ese momento se percató de que aquello no era el cielo. Un páramo desierto, el cielo rojo y las nubes negras sólo podían significar que había regresado al infierno pero, ¿cómo?
—Ya era hora de que te despertaras, capullo. No conozco este lugar y necesito que me guíes —Ieyasu jadeó nuevamente al reconocer la voz de la persona que le hablaba a su espalda. Se incorporó como pudo, quedando sentado en el suelo para finalmente observar perplejo la alta y delgada figura de Masamune Date, con una katana manchada de sangre en la mano y las alas desplegadas y tensas. ¿Y estaba flipando o estaban perdiendo su color blanco?
—Masamune —susurró incrédulo una vez el aturdimiento hubo remitido un poco. Sin embargo, dicho aturdimiento volvió en cuanto notó el contrario le golpeaba en toda la cara con la vaina de la katana—. ¡Eh! Eso dolió.
—¡Y te dolerá más, capullo! —gruñó el castaño, sin embargo, contrario a sus palabras, lo siguiente que sintió Ieyasu fue como unos fuertes brazos le rodeaban el cuello y el fuerte abrazo que Date le proporcionaba. Se quedó callado, perplejo y devolvió el abrazo de forma algo mecánica—. Imbécil, idiota, subnormal, inútil…
Continuó durante un buen rato con su retahíla de insultos, temblando entre los brazos de Ieyasu que en esos momentos no podía sentirse más incomodo. Nunca, en la vida, había sido bueno consolando a los demás. Y encima estaba ese zumbido en sus oídos, el olor de la sangre, el sudor y el hollín de ambos. La cabeza no paraba de darle vueltas hasta que finalmente se aferró a Masamune por ser lo único sólido y tangente que tenía a su alcance. Estuvieron un buen rato así hasta que finalmente la voz de Tokugawa interrumpió la sucesión de palabrotas de Masamune.
—¿No decías que necesitabas un guía? Vámonos, este lugar no es seguro y mucho menos para ti —masculló en un tono de voz que casi no reconocía como el suyo, ¿preocupación? ¿Cuánto hacía que no le daba aquel matiz a su voz? Masamune asintió y le ayudo a levantarse. Al principio, volvió a sentir aquel mareo. Todas las preguntas que se agolpaban en su cabeza. Todo era demasiado, incluso para él. Así que tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para concentrarse en el presente, en sacar a Masamune de aquel lugar. Está vez fue él quien le agarró del brazo y sin dudarlo ni un instante más, desplegó sus alas negras, dispuesto a llevarle al lugar donde había estado residiendo en aquel inhóspito lugar.
***
El viaje había sido algo largo y quizá un poco incomodo debido al silencio que se había formado entre los dos, sin embargo, cuando cerró la puerta de su casa (la cual no estaba precisamente en un buen lugar, claro que en el infierno ningún lugar era bueno) volvió a sentir como aquellos calidos brazos se cernían sobre su cuerpo, apresándole. Cerró los ojos y finalmente, rodeó la cintura del castaño, pegándole de esa manera contra su pecho. Había anhelado durante tantos años aquel calor, aquel maldito bastardo había sido su mayor deseo, aquel que siempre había aparecido en sus fantasías cuando la oscuridad y el frío eran sus únicos acompañantes en las solitarias noches.
—Masamune —susurró con voz queda. Sí, le había deseado, joder, seguía deseándole pero aún así no entendía por qué, ¿por qué le había salvado?—. Tus alas se están volviendo negras —y sin embargo, no se atrevía a preguntarlo directamente.
—¿Has tenido que usar tu vista demoníaca para darte cuenta de ella? —masculló, tratando de sonar burlón. Aunque aún le temblaba la voz, cosa normal, aún recordaba lo mal que se había sentido cuando llegó al infierno, las primeras semanas. Sin nadie, sin nada pero Masamune no iba a pasarlo tan mal porque le tenía a él y no iba a permitirle que le pasara nada.
—¿Por qué me has salvado? —finalmente se atrevió a formular la pregunta. Estiró su brazo hacia él y como si tratara de lo más frágil del mundo y le acarició la mejilla.
—¿Y aún tienes los huevos de preguntarme eso? —preguntó, con la voz algo temblorosa.
—Realmente el ambiente de este lugar te está afectando, ¿verdad? —acarició su rostro nuevamente y aportó el flequillo sudoroso de su frente y fue entonces cuando se percató del parche, el parche que cubría su ojo derecho. Frunció el ceño y entornó los ojos para al segundo siguiente deslizar su dedo índice sobre aquella tela negra—. ¿Qué…?
—Digamos que yo también quería encontrarte —murmuró por lo bajo. Ieyasu le miró unos segundos horrorizado y finalmente le agarró por los hombros con fuerza, volviendo a apretarle contra su pecho.
—¡Idiota! ¡Podrían haberte matado! —cerró los ojos. Aún estaban en el recibidor de su casa… bueno, si a eso se le podía llamar casa. Era un piso, algo pequeño pero bastante acogedor. Se había asegurado de que estuviera en una zona donde los caídos tuvieran más presencia ya que sabía que los demonios no solían tolerar demasiado bien su presencia cuando aún estaban en proceso de convertirse en uno de ellos—. Venga, vamos —tiró de él para llevarle al interior de la estancia. El apartamento había cogido varias capas de polvo (aunque nada que no pudiera arreglarse con una buena limpieza) por los días que había estado fuera.
También debía reconocer que estaba algo desordenado y aún tenía que ver donde dormiría su pequeño dragón. Y es que su apartamento como ya había dicho era pequeño y únicamente consistía de una cocina, una habitación (de una cama individual), el cuarto de baño y el salón, bastante pegados entre si. Por el momento tenía claro que iba a cederle la cama. Él podría dormir en el sofá y permanecer unos días allí hasta que consiguiera otra cama o una más grande… mejor descartaba esa idea. Masamune seguía siendo un ángel aún. La idea de acostarse con alguien fuera del matrimonio aún debía de sonarle espantosa.
Y si le añadíamos que era del sexo masculino, el factor horror debía de multiplicarse. Y a pesar de eso, la idea de tratar de conquistar a Masamune no paraba de revoletear por su cabeza, como un pájaro carpintero. Sería agradable tener a alguien con quien volver a quien había sido siempre aunque las oscuras alas de la noche hubieran empañado su alma, la base desde que la se construye una persona difícilmente cambia.
—Ieyasu —la voz de Masamune le obligó a poner los pies de nuevo en la tierra—. Primero, no eres nadie para decirme que podrían haberme matado, ¿y a ti que podrían haberte hecho, idiota? ¿Cosquillas? —la mirada de reproche de Date sólo provocó que el castaño riera suavemente. Era extraño, toda aquella situación era extraña y sin embargo… sabía que podría acostumbrarse a ella—. Segundo… Eres un desordenado, Ieyasu, ¿dónde se supone que voy a dormir? —una sonrisa burlona se dibujó en el rostro del moreno. Estiró el brazo hacia Masamune y rodeó su cintura para pegarle nuevamente contra su pecho.
—¿Oh? Bueno, podríamos dormir juntos —susurró, de forma claramente sugerente, contra su oído. Tras un silencio algo prolongado una breve risa invadió el salón del apartamento—. Vamos, no te quedes así, era una broma, dormirás en mi habitación y yo en el sofá…
—No… —cortó en un susurro e Ieyasu casi podría jurar que Masamune estaba ruborizado cuando habló—. No vas a dormir en el sofá. Dormiré contigo.
—¿Estás seguro de eso? —la sonrisa burlona que había tenido unos segundos atrás había desaparecido. Ahora le miraba serio y quizá, algo preocupado. No quería que Date se forzará a cosas que aún podría considerar raras. Para su sorpresa, Masamune asintió y le agarró la mano, entrelazando los dedos con los suyos.
—Necesito asegurarme de que esto es real —murmuró el aún ángel, agachando levemente la cabeza. Ieyasu asintió y le dio un suave beso a su coronilla—. Anda, enséñame donde está la cocina, que seguramente estarás comiendo como una mierda. Siempre fuiste un desastre cocinando —Tokugawa rió ante el comentario y negó con la cabeza.
—Primero tenemos que lavarnos un poco y —apretó una de las heridas de Masamune con cuidado—, desinfectarnos esto —le explicó, cogiéndole del brazo para tirar de él y llevarle al baño. Curaron las heridas del otro y lavaron su cuerpo. Ieyasu cerró los ojos mientras sentía el cuerpo de Date cerca de él. Sí, podría acostumbrarse a ello. Aunque mientras estaban allí, secándose y permaneciendo cerca el uno del otro, aquel cuyas alas ya eran negras no pudo evitar preguntarse como haría que el pequeño ángel se fijase en él.
***
Habían pasado varias semanas desde que había sido salvado por Masamune de una muerte segura. Se frotó los ojos y miró la hora. Aún era de madrugada y él no conseguía conciliar el sueño. Desde que dormía con el castaño no había parado de tener sueños subiditos de tono en los que acababa más empalmado que un adolescente salido. Lo que encima provocaba que cuando despertase viera como sus pantalones se habían convertido en una tienda de campaña. ¿Solución? No dormir, si no dormía no soñaba y si no soñaba no se despertaba excitado.
¿Había sido una buena solución?
No.
Porque ahora sentía el aliento de Masamune en su cuello, las formas de su cuerpo pegadas al suyo y todo, le sentía entero contra si y le estaba volviendo jodidamente loco. Porque quería dejar ese extraño juego que habían estado teniendo, una especie de tira y afloja demasiado extraño para su gusto. A veces tenía la sensación de que Date correspondía sus sentimientos para al segundo siguiente pensar todo lo contrario. Pero volviendo a un problema más reciente. Se encontraba en una situación escabrosa, había vuelto a empalmarse y para seguir intentando dormir primero necesitaba librarse de ese pequeño problema.
Cerró los ojos unos momentos y fue entonces cuando notó como Masamune se removía entre sus brazos. Se tensó, notando como el pánico empezaba a invadirle. ¿Cómo se suponía que iba a explicarle eso al castaño si se le ocurría despertarse y le descubría? Tragó saliva con fuerza e hizo lo único que se le ocurrió. Fingir que dormía. Aunque era algo complicado hacerlo cuando notaba como las manos de Masamune se movían a tientas por su cuerpo hasta que finalmente tocaron la zona que había deseado que no tocaran. Contuvo la respiración varios segundos, con los ojos cerrados y el cuerpo tenso, cualquiera que tuviera algo de vista se habría dado cuenta de que Tokugawa lo último que hacía era dormir.
—¿Ieyasu? —preguntó Masamune, bajito, y el mencionado quiso que le tragase la tierra en ese instante aunque era más probable morirse por la vergüenza. Resultaba estúpido, eran adultos. Maldita sea, estaban en el infierno. Las alas de Masamune casi se habían oscurecido por completo, no tenía porque tener miedo de aquello y sin embargo, ahí estaba, angustiado por el hecho de haber sido descubierto. Suspiró levemente y abrió los ojos, dispuesto a dar la cara pero lo único que consiguió fue sobresaltarse al darse cuenta de la cercanía de Masamune. Miró fijamente sus ojos, la iris aún conservaba aquel esplendido azul, sin embargo, ya se podían adivinar pequeñas manchas rojas en su interior.
—¿S-si…? —no pudo evitar tartamudear y es que no era solo el cara a cara que estaba teniendo con Masamune le ponía nervioso, también era el hecho de que el castaño estaba encima de él, rozándole sin llegar a tocarle. Se encontró deseando ser un imán, pegarse a Date y no separarse nunca.
—He estado pensando que ya has tenido suficiente castigo —susurró. Ieyasu le miró confuso. ¿Castigarle? A pesar de la confusión, pudo hacerse una ligera idea de a que se refería cuando los labios de Masamune se juntaron con los suyos. Al principio no supo como reaccionar pero cuando fue capaz de procesar la información de lo que estaba pasando no dudo un instante en corresponde el beso. Pasión, deseo, anhelo, no reprimieron ninguna emoción mientras sus labios chocaban, sus lenguas jugaban y sus dientes chocaban. Entonces Ieyasu recordó que tenía manos e hizo uso de ellas, quitándole la camisa para arrojarla al suelo. Se miraron unos segundos en silencio.
—¿Estoy soñando? —no pudo evitar preguntarlo—. Quiero decir, llevó soñando tanto tiempo con esto —murmuró y estiró el brazo hacia Masamune para acariciar su mejilla—. Te quiero.
—Yo también te quiero, idiota. Siempre te quise —Y no hicieron falta muchas palabras más. Masamune volvió a abalanzarse contra Ieyasu y sus labios volvieron a unirse en un apasionado beso. Sus manos se exploraron mutuamente, arrancándose la ropa, acariciando la piel que fue expuesta. Los movimientos de Masamune, su torpeza, sólo denotaban falta de experiencia. Ieyasu sonrió interiormente por ello y estiró el brazo para agarrar el bote de lubricante que tenía en uno de los cajones de la mesilla de noche.
—Masamune —llamó cariñoso, disfrutando enormemente del rostro ruborizado y jadeante del castaño—. Date la vuelta y alza la cadera —pidió en su oído mientras procedía a embadurnar sus dedos con aquel líquido. Masamune le obedeció, mostrando una posición bastante indecorosa, echado en la cama, boca abajo y con el culo en pompa.
—Esto es… —Date jadeó y se aferró a las sabanas cuando sintió los dedos de Ieyasu en su interior, preparándolo—. Realmente vergonzoso.
—No te preocupes por eso, pronto te olvidarás de todo —refutó. Sentir el cuerpo de Masamune temblar debajo de él era realmente una sensación placentera pero estaba seguro de que ambos podían sentirse mejor—. ¿Cómo quieres hacerlo? ¿Así o… —le obligó a darse la vuelta y lamió su cuello con gula—, o así?
—Así —respondió—. Quiero verte la cara —e Ieyasu no necesitó nada más, ningún movimiento, ninguna palabra más para ceder a todo aquello que Masamune le pidiera. Marcó con sus dedos la cadera de su amante y le poseyó. Embistió sus caderas, rápido, preciso y fuerte, atendiendo las suplicas de Masamune cuando pedía por más, aprovechando aquella postura para besarle, morderle y disfrutar de su rubor, de sus labios entreabiertos, de sus jadeos, de sus gemidos. Oh, dios, como adoraba sentirle retorcerse debajo de si. Hasta que finalmente el orgasmo les sacudió a ambos.
—Te quiero —volvió a susurrar Ieyasu mientras su pecho subía y bajaba rápidamente. Había perdido la cuenta de todas las veces que se lo había dicho mientras lo hacían. Había sido tan… liberador poder decírselo que no había podido parar una vez el secreto había sido revelado. Acarició el parche de Date y se lo retiró con cuidado, acercando su rostro a su parpado cerrado y herido para lamerlo con cariño.
—Y yo a ti —masculló su pequeño dragón para finalmente fundirse con él en un fuerte abrazo.
Fin.
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