Titulo: Un último suspiro.
Disclaimer: Sengoku Basara no me pertenece, lo hace a Capcom —ascodecompañiacofcof— yo hago esto sin animo de lucro y esas cosas.
Personajes/Parejas: Ieasyu/Masamune.
Advertencias: Tragedia. Muerte de un personaje. ¿Crack?
Resumen: Sabía que tarde o temprano moriría. Aún así, nunca imaginó que su tumba no sería el campo de batalla.
Música: Daughtry – Call your name
Sabía que tarde o temprano moriría. Al fin y al cabo ese era el ciclo de la vida, ¿no? Del polvo venimos y al polvo volveremos o algo así. La verdad era que nunca había prestado demasiada atención a los profesores que le había impuesto su padre cuando era más joven. Aún así, siempre había pensado que moriría en el campo de batalla. Había vivido tantas guerras que ya no tenía ninguna esperanza de llegar a viejo. Notó como el sabor metálico de la sangre inundaba su boca. Tosió, manchando con la sangre que surgía de su boca el brillante filo de la katana que atravesaba su pecho.
—Kojuro… —susurró en un quejido mientras su asesino deslizaba fuera de su cuerpo aquel instrumento cuya única función era la de arrebatar vidas. Su pecho ardía, sus fuerzas se perdían junto a la sangre que se escapa de su cuerpo, manchando el tatami de un intenso color escarlata. Le miró en silencio, con la confusión dibujada en sus facciones. Le costaba seguir manteniéndose en pie ahora que el metal no le sostenía. Finalmente, se dejó caer de rodillas, sujetando su herido pecho con una mano, sin apartar los ojos de la figura que se alejaba y salía de la habitación sin responder sus preguntas.
Volvió a toser. Dolía. Dolían tantas cosas que no sabía por donde empezar. Contempló la katana que el espadachín había tirado delante de él. La reconocía. Claro que la reconocía. Habían sido muchos años viendo aquella espada. La inscripción en ella. No lo entendía, ¿por qué dejaba algo así allí? ¿Quería ser reconocido como el autor de su muerte? Trató de detener nuevamente la tos sin ningún resultado, la sangre surgía de su boca y cada vez le costaba más respirar. Su brazo tembló y terminó cayendo de bruces sobre el tatami, manchándose con su propia sangre. El olor ésta resultaba intenso desde aquella posición.
Su mente se encontraba turbada. Tantos pensamientos arremolinándose en su cabeza. Tantas preguntas sin respuestas y, sin embargo, podía hacerse una idea de que había llevado al ojo derecho del dragón tuerto a hacer aquello. Resultaba irónico, nunca había pensado que tuviera una oportunidad con él. Incluso él, que parecía ser el optimismo personificado tenía dudas y temores. Y el hecho de que Masamune nunca hubiera dejado entrever que sintiera algo más que alguna extraña clase de afecto por él no habían propiciado a que sus temores desaparecieran.
¿Tan obvio había sido que hasta Kojuro se había dado cuenta de lo que sentía por el Dokuganryū? ¿Eran esos sentimientos la razón por la cual Katakura había decidido que era un estorbo? Estuvo apunto de reír por aquello. ¿Era aquello a lo que quería dedicarle sus últimos minutos de vida? ¿A debatirse si el castaño le había considerado una amenaza que podría haberse colado en el corazón de Date si hubiera tenido algo más de tiempo? Quiso llorar por lo patético del pensamiento, ¿por qué quería aferrarse con tanto desespero a la idea de que Masamune hubiera podido llegar a quererle de la misma forma que le quería él?
Cerró los ojos, empezaba a sentirse demasiado débil. Quizá debía dedicarle un último pensamiento a sus hombres y a la gente que le apreciaba en vez de dejarse llevar por sentimientos no correspondidos y paranoias no probadas. Escuchó pisadas alteradas, algo que parecían ser gritos y la puerta de aquella habitación abrirse de golpe. Abrió los ojos y trató de enfocar su mirada, borrosa, sobre la figura que entraba (bastante alterada, al parecer) en la habitación. Más gritos y de repente unos brazos le sujetaron con fuerza, tratando de taponar la herida que lentamente le mataba. Apoyó su mano ensangrentada en el pecho de aquel hombre.
—Ah… ¿quién…? —parpadeó y entonces contempló que la figura que le sujetaba totalmente alterado era Masamune. Trató de sonreírle un poco pero un nuevo ataque de tos le sacudió con fuerza. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Cuánto más iba a seguir esa tortura? Realmente era doloroso notar la sangre deslizarse fuera de si, sus músculos fallar. Alzó el brazo con dificultad y acarició la mejilla del Dokuganryū con cuidado y algo de cariño—. Parece que no veré… —jadeó levemente—, el final de está guerra —terminó con dificultad.
—Deja de decir gilipolleces, Ieyasu. Vas a ponerte bien y me asegurare de castigar esto —le escuchó decir. Parpadeó, sintiéndose cada vez más mareado, más aturdido. Negó como pudo.
—Masamune… —susurró, llamándole débilmente. Su respiración haciéndose cada vez más lenta, más pausada—. Ah… —le acercó como pudo y deslizó un dedo por su parche—. Siento todos los problemas que te he causado —le dijo, acercando su rostro al de Date, su aliento, que iba perdiendo el calor, contra el del contrario—. Te quiero —murmuró con suavidad, acabando por otorgarle un breve beso que le supo a sangre y sal. Cerró los ojos por última vez, cayendo su cuerpo inerte entre los brazos del dragón tuerto.
No es que hubiera pensado mucho en decirle aquellas palabras, realmente en lo último que había pensado en declararse pero… había sido una necesidad, su última necesidad. Quitarse aquel peso de encima antes de adentrarse en el otro mundo. Antes de dar su último suspiro.
Fin.
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