Titulo: Donde hubo fuego, cenizas quedan.
Disclaimer: Sengoku Basara no me pertenece, lo hace a Capcom —ascodecompañiacofcof— yo hago esto sin animo de lucro y esas cosas.
Personajes/Parejas: Ieasyu/Masamune. Insinuación de Motochika/Masamune, de Magoichi/Keiji y de Kojuro/Masamune.
Advertencias: Crack. Se podría tomar como continuación de “Un último suspiro” pero se entiende sin haberlo leído.
Resumen: Aunque naciera otras cinco veces, aunque viviera en cinco lugares diferentes y tuviera cinco vidas distintas volvería a enamorarse de la misma persona.
Música: Breaking Benjamin - Dear Agony
2. De historias que se repiten.
Ieyasu Tokugawa solía ser una persona optimista, amable y simpática siempre y cuando el tema central de sus pensamientos no girara en torno a él. Y quizá si salud no fuera tan voluble y precaria hubiera tenido más confianza en si mismo. Pero no había sido así. Su vida siempre había estado condicionada por su salud. Incluso en esos momentos, cuando su salud tenía una ligera mejoría, seguía influyendo negativamente en él. Y sin embargo, esa no era la razón por la cual se había encerrado en su casa. Evitando cualquier contacto humano, incluso el de Masamune. Aunque tampoco es que hubiera tenido mucho contacto con él incluso si lo intentaba (Date tenía un torneo de kendo y debía entrenar).
Pero volviendo al tema de su confinamiento voluntario. La razón, las causas de que se encontrará tirado en su cuarto, con los cascos puestos (la música con el volumen subido del todo) y la capucha de la chaqueta que siempre solía usar cubriendo su rostro no habían sido otras que una serie de catastróficas desdichas. La primera de todas fue la declaración de Motochika acerca del enamoramiento que sufría Masamune por alguien. Por supuesto, para Ieyasu, las probabilidades de que dicha persona fuera él se reducían a un 0’001% y sí, estaba siendo optimista. De todas formas, siempre supo que Date se enamoraría tarde o temprano por lo que terminó aceptándolo, a regañadientes, mientras su corazón se retorcía de dolor.
No se permitió así mismo dejar que se transluciera su estado de animo ni volver a llorar delante de alguien.
La segunda desdicha ocurrió unos días después de las palabras de Chosokabe. Vino de improvisto, sin avisar y desgarró parte de su alma, con saña. Masamune se mudaba. Se lo dijo él, después de ir a ver como estaba por su resfriado. Había sido una visita inusitadamente silenciosa. Masamune había estado tenso y él también. A veces, las preguntas habían acosado su mente como pequeñas torturadoras. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Quién? ¿Por qué esa persona y no yo? Preguntas silenciosas que nunca se atrevería a pronunciar en voz alto y por último, la bomba. Fue como si el tiempo se detuviese justo al escuchar la sentencia del mayor. Una parte de él murió en silencio al pensar que nunca más vería la silueta del castaño cuando se asomase por la ventana.
Fingió estar bien, entenderlo y hasta que el mayor no se fue no se permitió derrumbarse. No lloró.
Se lo había prometido así mismo.
La tercera catástrofe ocurrió durante la noche, una semana después de que Masamune les informará que se iba a mudar. Motochika había tratado de animarle de varias maneras, es más, le llamaba por las noches para hablar con él. Aquella noche se había sentido extrañamente animado así que había seguido las bromas del anciano. No recordaba como surgió el tema, ¡maldita sea! ¡Ni siquiera quería recordar la conversación! Pero lo hacía. No podía evitarlo. Motochika había sugerido que Masamune era el pasivo en una relación y por una desgraciada treta, el destino quiso que la lógica de Ieyasu funcionara por una vez en su vida y le preguntara al mayor como sabía eso. Quizá fue por el tono de su pregunta pero se le encogió el estomago al recibir al silencio como respuesta.
—Te acostaste con Masamune.
—Fue hace tiempo, Ieyasu. Nada importante. Además…
No continuó escuchándole. Había esperado una negativa, que lo negará. No que lo reconociera. Se había aferrado a esa estúpida idea. No quiso continuar la conversación. Cortó la llamada y apagó el móvil, pasando a sujetar en silencio aquel cacharro con su entumecida mano derecha. Arcadas. Sintió arcadas cuando la imagen de Chosokabe encima de Masamune se deslizó, como si de una nítida fotografía se tratara, hasta colarse en su mente. Se había sentido tan patético. No tenía ningún derecho a reclamarle nada a ninguno de los dos y sin embargo, su estomago se retorcía, llevándole la contraria, sintiéndose traicionado, sintiéndose más cansado que nunca, ¿cuántas cosas más desconocía?
Siempre pensó que al menos no tendría que ver a Date con Motochika, con uno de sus mejores amigos. Pero en ese momento le corroyeron las dudas. ¿Y si era del anciano de quien se había enamorado Date? Siempre le molestó el hecho de que Motochika fuera tan libertino de una u otra manera. ¿Habían llegado a ser pareja? No… aunque no fuera serio, de eso se habrían enterado… ¿verdad? Ya no estaba seguro de absolutamente nada. Por otro lado, en el fondo, nunca había esperado que Masamune fuera aún… virgen. Y a pesar de todo eso, le sobrecogía el hecho de que supiera tan poco de él, a pesar de que fueran amigos desde la infancia, a pesar de que él siempre le había contado casi todo (sus sentimientos era algo que guardaba celosamente) al mayor aquella confianza no era correspondida.
Y al final, no pudo evitar preguntarse si Masamune de verdad le consideraba un amigo.
Y también, a pesar de todo eso, había decidido quedar con Magoichi para ayudarla a elegir el regalo de cumpleaños de Date. ¿Él? Ya no sabía si era adecuado que fuese o, por el contrario, si debía continuar alejándose para tratar de conseguir salvar lo poco que quedaba de su corazón. Miró la hora, aún faltaba tiempo para que Saica llegara pero iba siendo hora de que empezará a arreglarse así que eso hizo. Se duchó, se cambió de ropa (manteniendo una chaqueta con capucha) y cogió su mp3 por si tenía que esperar demasiado tiempo. Gracias a Dios, la pelirroja fue puntual. Resultaba curioso que una persona tan seria fuera amiga de Motochika y curiosamente, la mejor amiga de Ieyasu.
Siendo la mujer, la persona a quien siempre acudía si se peleaba con los otros dos o cuando no podía contar con ellos. Se podría decir que en esos instantes, Saica era lo único que le quedaba. Además, ella era quien le había sugerido alejarse para tratar que el dolor mermara.
—No tardaremos mucho. Tengo que terminar un trabajo para
—Tienes una suerte de mierda, Ieyasu. Pero en cierto modo es normal, vives rodeado de tuertos —murmuró la mujer, visiblemente molesta—. Siempre hace lo mismo, ¿sabes? No ha cambiado en absoluto desde que le conozco.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Ieyasu.
—Motochika —respondió con simpleza—. Digamos que me pasó algo parecido a lo tuyo…
—Saica… —Ieyasu suspiró—. Puedes contármelo sin rodeos, si quieres. No es justo que sea yo el único que te da la tabarra con mis problemas —la mencionada le miró en silencio.
—Antes… hace un par de años yo… estuve enamorada de un chico —la pelirroja se sentó en uno de los banquitos que había por todo el centro comercial, en uno especialmente apartado y esperó a que Ieyasu hiciera lo mismo—. Me gustaba, mucho. Diría que fue la primera vez que me enamore de verdad —guardó silencio—. Motochika no sabía nada de esto por supuesto. Éramos amigos los tres y yo nunca me he sentido cómoda hablando de mis sentimientos —se frotó el cabello, nerviosa.
—¿Y entonces que pasó? —Magoichi frunció los labios, melancólica.
—Se acostaron —cerró los ojos—. Y ya sabes como es Motochika. Incapaz de tener una relación larga. Al día siguiente ya estaba flirteando con otras personas y Keiji… bueno, él estaba enamorado de Motochika así que imagínatelo. Toda nuestra amistad se fue por las tuberías —apretó las manos—. Fue estúpido odiar a Motochika en aquel tiempo pero lo hice y seguiré guardándole rencor por aquello del mismo modo que me odio cuando lo recuerdo.
—Magoichi… —los labios de Ieyasu fueron sellados por el dedo índice de la chica.
—Cada vez que veía a Keiji… Era horrible. Como si un maldito cartel de neon apareciera en su cabeza y con letras luminosas me dijera: “Hey, Motochika estuvo aquí” Traté de animarle y… cada vez que me mostraba algo de cariño me sentía como el maldito segundo plato, como si ese imbécil me hubiera tirado a la cara las sobras de todo lo que cogió —se frotó las sienes y dejó caer los hombros ante la mirada silenciosa del menor.
—No debió ser agradable.
—No lo fue. Odié a Keiji, odié a Motochika y me odié a mi misma —se acomodó el cabello—. Luego me di cuenta de que era una estupidez odiar a esos dos palurdos por algo de lo que no tenían la culpa y simplemente me odie a mi misma —fijó la mirada en un punto lejano e invisible—. Sin embargo, nada volvió a ser como antes y me costó mucho dejar de odiarles… y aún así sigo guardándole algo de rencor —sonrió, resignada—. Es bastante imprudente enamorarse de alguien teniendo a ese anciano de mejor amigo. Nunca sabes cuando pueden dejarte tirada porque le encuentran más atractivo.
—Eres una mujer atractiva… —Ieyasu se ruborizó por el comentario—. Digo, si el chico es hetero no tendría porque fijarse en Motochika antes que en ti —Saica rió, rió como no lo hacía en mucho tiempo, apoyandose un poco en el menor.
—¡Oh, vamos! Motochika vuelve homosexuales hasta a los hetero —replicó, sonriendo burlona para finalmente, revolver el cabello del joven Tokugawa—. No te digo que dejes de odiar a Motochika. Sólo... date tiempo para que tu corazón entienda lo que tu cabeza le grita. Ahora, tengo un regalo que comprar, sólo tengamos cuidado de que no nos vea el anciano. Así que vamos.
Ieyasu asintió lentamente y se levantó del banco junto a la mujer. Miraron tiendas, precios y objetos, cada cual más raro. Después de un largo rato sin llegar a decidirse, por fin encontraron algo que suponían le gustaría a Masamune. Y si no le gustaba que se jodiera. Magoichi estaba hasta las narices de mirar tiendas. Ieyasu la miró de reojo y asintió a su propuesta de sentarse un rato cosa que al final resultó algo así como una misión imposible ya que con el pasar de las horas el centro comercial se había ido llenando cada vez más y más.
—Oye, Ieyasu… ¿ese no es Masamune? —la pregunta tomó por sorpresa al mencionado y no tardó en dirigir su mirada al lugar que apuntaba con su dedo índice la pelirroja. Y efectivamente, allí estaba. Acompañado por Kojuro y, en opinión de Ieyasu, demasiado cerca de él. Se les quedó mirando en silencio, notando una sensación extraña que se iba acentuando a cada segundo en la boca del estomago—. Van muy mojados. Demonios, debe haberse puesto a llover mien…
Se calló de golpe, silencio, absoluto silencio mientras contemplaba boquiabierta como Katakura tiraba del brazo de Date y le besaba. Cuando se le pasó la impresión cayó en la cuenta de algo. Ieyasu. Miró a su alrededor y finalmente, al darse cuenta de que no estaba allí, se le retorció el estomago por la preocupación.
—Ieyasu…
***
No supo en que momento exacto empezó a correr. Tampoco tenía muy claro hacia donde se dirigía y si de verdad había tropezado con Motochika o había sido producto de su imaginación. Sólo era consciente de que tenía que correr. Alejarse cuanto antes de aquella escena, de aquel dolor sordo que martilleaba su pecho y le impedía oír algo que no fuera el bombeo de su corazón roto. Motochika, Kojuro, daba igual el nombre ya. Sólo sabía que tenía la certeza de que Masamune estaba con otra persona. Jadeó ante el pensamiento y terminó estornudando al notar como las gotas del agua de la lluvia caían con fuerza sobre su cabeza y sobre el resto de su cuerpo. Se apoyó en el poste que señalaba con sus luces cuando pasaban los peatones o los coches y se frotó los ojos con fuerza, queriendo asegurarse de que ni una sola lágrima se deslizaba por donde no debía.
No lo vio, ni escuchó a tiempo.
—¡¡Sakura!! —escuchó el grito de una mujer (¿una madre?).
—¡¡¡Ieyasu!!! —parpadeó y miró hacia atrás, el lugar desde el que provenía la asustada voz de Motochika.
Dicen que uno tiene que conducir despacio cuando llueve porque de lo contrario podrías perder el control del coche. Ieyasu aprendió eso de mala manera cuando al contemplar la mirada asustada del anciano giró su rostro en la dirección que todos parecían contemplar horrorizados. Quizá si la impresión no hubiera sido tan fuerte podría haber intentado esquivarlo, quizá si no se hubiera agachado para cubrir el cuerpo de la pequeña niña que se encontraba a su lado, la cual estaba tan inmóvil como él unos segundos antes, podría haberlo intentado.
Sintió como el impacto arrollaba con su cuerpo. Escuchó los cristales romperse, el frenazo, los golpes que su propio cuerpo experimento, los gritos de desconocidos entremezclándose con el de Motochika.
Y al final no sintió ni escuchó nada más.
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